El hombre que rie

El hombre que rie

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La brisa acababa de declararse en pleno Norte. Era tan favorable en la violencia, y tan útil en el alejamiento de Inglaterra, que el patrón de la Matutina se había decidido a cubrir de velas el barco. La urca se evadía en la espuma, como al galope, con todas las velas desplegadas, viento en popa, saltando de ola en ola, con rabia y alegría a la vez. Los fugitivos, encantados, reían. Palmoteaban aplaudiendo las olas, las velas, la velocidad, la huida y el ignorado porvenir. El doctor parecía no verles y meditaba.

Ya no quedaba vestigio alguno de claridad. Aquel era el instante en que el niño, atento en lo alto de las lejanas rocas, perdió de vista la urca. Hasta aquel instante su mirada había permanecido fija y como apoyada en el buque. ¿Qué influencia tuvo esa mirada en el destino? En aquel instante en que la distancia borró la silueta de la urca y en el que el niño ya nada vio, éste se fue al Norte mientras aquélla iba al Sur. Todo se hundía en la noche.






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