El hombre que rie
El hombre que rie A veces, digámoslo también, esos refinamientos en el suplicio, anuncian la libertad, Esos casos son raros. De todos modos, los agonizantes creen pronto en la salvación, la menor suspensión en las amenazas de la tormenta, les basta, afírmanse a sí mismos que están fuera de peligro, después de haberse creído sepultados, toman acta de su resurrección, aceptan febrilmente lo que no poseen todavía, todo lo que la mala suerte contenía está agotado, es evidente, decláranse satisfechos, están salvados, están en paz con Dios. No hay que apresurarse demasiado a dar tales propósitos a lo desconocido.
El Sudeste principió en torbellino. Los náufragos siempre tienen auxilios brutales. La Matutina fue impetuosamente arrastrada a alta mar por lo que le quedaba de aparejo como una muerta por los cabellos. El viento maltrataba a los que salvaba. Les servía con furor. Fue un auxilio despiadado. En ese empujón libertador, el barco acabó de dislocarse.
El barco se vio acribillado por un granizo grueso y duro. Aquellos granos rodaban como balas sobre el puente, a cada impulsión de las olas.