El hombre que rie
El hombre que rie La chiquilla se habÃa incorporado en su lecho. Ursus cogió de encima de la estufa la redoma, y se la dio a chupar.
En aquel momento, salÃa el sol. Estaba a flor del horizonte. Sus rojos rayos entraron por la vidriera y caÃan sobre el rostro de la niña vuelta hacia ellos. Las pupilas de la niña, fijas en el sol, reflejaban como dos espejos aquella redondez purpúreo. Las pupilas permanecÃan inmóviles y los párpados también.
—¡Toma! —dijo Ursus—, pues si es ciega.