El hombre que rie
El hombre que rie —Te digo que te rÃes.
Después, sacudiendo al niño con una violencia que lo mismo podÃa expresar furor que piedad, le preguntó con tono desabrido:
—¿Desde cuando tienes esa risa?
—He sido siempre asÃ, —dijo el muchacho.
Ursus se volvió hacia el cofre, diciendo a media voz:
—Yo creÃa que ya no se reÃan los chicos.
Cogió con mucha suavidad para no despertar a la niña el libro que la habÃa puesto como almohada.
—Veamos lo que dice Conquest, —murmuró.
Era el tal libro un legajo en folio, encuadernado en pergamino. Hojeóle con el pulgar, detúvose en una página, abrió de par en par el libro sobre la estufa, y leyó:
—«De denasatis» Es aquÃ. «Bucca fisa usque ad aures, gencivis denudatis, nasoque murdridato, masca eris, et ridebis semper». Como siempre.
Y volvió a colocar el libro en una de las tablas, murmurando:
—Aventuras de difÃcil profundización. Quedémonos en la superficie. RÃe, hijo mÃo.
La chiquitina despertó. Lo primero que hizo fue soltar un grito.
—Vamos, nodriza, dale teta, —dijo Ursus.