El hombre que rie

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Era papista superficialmente. Su catolicismo no pasaba de la cantidad necesaria para la elegancia. Hoy sería afectación. Llevaba gruesos vestidos de terciopelo, o de moiré, algunos anchos de quince y dieciséis varas, y cintas de escote de oro y de plata, y alrededor de su cintura muchos nudos de perlas alternadas con nudos de pedrería. Abusaba de los galones. A veces se ponía un cuerpo de paño guarnecido de pasamanería como el de un bachiller. Montaba a caballo con una silla de hombre a despecho de la invención de las sillas de mujer introducida en Inglaterra en el siglo XIV por Ana, mujer de Ricardo II. Se lavaba la cara, los brazos, los hombros y la garganta con azúcar de pilón desleído en clara de huevo, según la moda castellana. En cuanto se había hablado discretamente junto a ella, adoptaba una sonrisa reflexiva de una gracia singular.

Por lo demás, no tenía nada malo. Más bien era buena.







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