El hombre que rie

El hombre que rie

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De ahí un arte. Había maestros. Cogíase a un hombre y hacíase de él un engendro; cogíase una cara y se hacía de fila un mascarón. Tasábase el crecimiento; amasábase la fisonomía. Esta producción artificial de cosas teratológicas tenía sus reglas: era toda una ciencia. Imagínese una ortopedia en sentido inverso. Allí donde Dios puso la mirada, el arte ponía el estrabismo. Allí donde Dios había puerto la harmonía, poníase la deformidad. Allí donde Dios puso la perfección, restablecíase el bosquejo. Y a la vista de los inteligentes, el bosquejo era lo perfecto.

También en los animales había tales modificaciones; Inventábanse caballos picazas. Turena montaba un caballo picaza. ¿No se pintan en nuestros días los perros verdes y azules? La naturaleza es nuestro cañamazo. El hombre ha querido agregar siempre algo a Dios. El hombre retoca la creación unas veces bien y otras veces mal.







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