El hombre que rie
El hombre que rie El bufón de corte no era otra cosa que un ensayo para convertir al hombre en mono: progreso retroactivo, obra maestra hacia atrás. Al propio tiempo se trataba de hacer hombre al mono. Bárbara, duquesa de Cleveland y condesa Southampton, tenía por paje un tití. En casa de Francisca Suttan, baronesa Dudley, servía el te un babuino vestido de brocado de oro, al que lady Dudley llamaba «mi negro». Catalina Sidley, condesa de Dorchester, asistía a las sesiones del Parlamento en una carroza blasonada, detrás de la cual se mantenían de pie con el hocico al aire, tres babuinos de gran librea. Una duquesa de Medinacelli, a cuyo tocado asistió en cierta ocasión el cardenal Polus, se hacía poner las medias por un orangután. Esos monos ascendidos de categoría, servían de contrapeso a los hombres brutalizados y bestializados. Esta promiscuidad, querida por los grandes, del hombre y de la bestia, estaba especialmente simbolizada por el enano y el perro. El enano jamás abandonaba al perro, siempre más grande que él. El perro era la pareja del enano. Eran como dos collares apareados. Esta conjunción aparece comprobada por gran número de documentos, especialmente por el retrato de Jeffzey Hudson, enano de Enriqueta de Francia, hija de Enrique IV y mujer de Carlos I.