El hombre que rie
El hombre que rie Esta fabricación de monstruos se practicaba en gran escala y comprendía varios géneros.
Los necesitaba el sultán, los necesitaba el Papa: el primero para guardar a sus mujeres, el segundo para hacer sus oraciones. Era un género aparte, que no podía reproducirse a sí mismo. Estos seres casi humanos eran útiles a la voluptuosidad y a la religión: el serrallo y la Capilla Sixtina consumían la misma especie de monstruos.
Sabíanse producir en aquel tiempo cosas que no se producen ya ahora, poseíase ingenio de que ahora se carece, y no se lamentan sin razón los vates de la decadencia. No se sabe esculpir ya en plena carne humana; y esto procede de que se pierde el arte de los suplicios; había afición por ese género y hoy no la hay ya; se ha simplificado este arte hasta el punto de que tal vez va a desaparecer por completo. Cortando los miembros a hombres vivos, abriéndoles el vientre, arrancándoles las vísceras, tomábanse notas sobre los fenómenos y hacíanse descubrimientos; hay que renunciar a ellos, y nos vemos privados de los progresos que el verdugo proporcionaba a la cirugía.