El hombre que rie
El hombre que rie Hace apenas cien años, en Petersburgo, las memorias de Catalina II, refieren que cuando el czar o la czarina estaban descontentos de algún prÃncipe ruso, hacÃasele poner en cuclillas en la espaciosa antesala del palacio, y permanecÃa en aquella posición determinado número de dÃas, maullando como un gato o cacareando como una gallina que está empollando, y picando del suelo su alimento.
Estas modas han pasado, pero no tanto como se cree. Hoy los cortesanos, cacareando para agradar, modifican algo la entonación. Más de uno pica del suelo, y no decimos claro lo que come.
Es una gran dicha que los reyes no puedan equivocarse. Asà sus contradicciones jamás preocupan a nadie. Aprobando sin cesar, se tiene la seguridad de llevar siempre razón, lo cual es agradable. A Luis XIV, no le habÃa gustado ver en Versalles ni a un oficial galleando ni a un prÃncipe pavoneándose. Lo que realizaba la dignidad real e imperial en Inglaterra y en Rusia, a Luis el Grande, le habÃa parecido incompatible con la corona de San Luis. Sabido es su descontento, cuando Mme. Enriqueta se distrajo cierta noche hasta ver en sueños un pollo, grave inconveniencia, en efecto, en una persona de la corte. Cuando se es grande, no se debe soñar lo pequeño. Recuérdese que Bossuet participaba de la opinión de Luis XIV.