El hombre que rie

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Los cordajes de la urca estaban formados por rollos de cáñamo, algunos con alma de alambre, lo cual indica una intención probable, aun cuando científica, de obtener indicaciones en casos de tensión magnética; la delicadeza de ese aparejo, no excluía los gruesos cables de fatiga, las cabrias de las galeras españolas y los camelí de las trirremes romanas. El timón era muy largo, lo cual tiene la ventaja de un gran brazo de palanca, pero el inconveniente de un pequeño arco de empuje; dos roldanas ajustadas en el extremo del timón, corregían este defecto y reparaban algo esta pérdida de fuerza. La brújula estaba bien instalada en una bitácora perfectamente cuadrada y bien balanceada por sus dos cuadros de cobre, colocados el uno en el otro horizontalmente sobre pequeños pernos, como en las lámparas de Carden. En la construcción de la urca había ciencia y sutileza, pero era una ciencia ignorante y una sutileza bárbara. La urca era primitiva como el bote y la piragua, participaba del bote por su estabilidad y de la piragua por su velocidad, y tenía, como todas las embarcaciones nacidas del instinto pirata y pescador, notables cualidades marítimas. Era adecuada a las aguas cerradas y a las abiertas; su juego de velas complicado y de contracodastes, la permitía navegar corto en las bahías cerradas de Guipuzcoa, que son casi estanques, como por ejemplo Pasajes, y ampliamente en plena mar; podía dar la vuelta a un lago, y darla al mundo; singulares naves con doble fin, buenas para el mar tranquilo y para la tormenta. La urca era entre los buques, lo qué la aguza-nieve entre las aves, una de las más pequeñas y más osadas; la aguza-nieve parada apenas hace doblar una caña, y volando cruza el Océano.


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