El hombre que rie
El hombre que rie En torno del movimiento de embarque que en la caleta se efectuaba, movimiento visiblemente azorado e inquieto, todo estaba solitario. No se oía ni un paso, ni un ruido, ni un soplo. Apenas se distinguía al otro lado de la rada, a la entrada de la bahía de Eingstead, una flotilla evidentemente extraviada de barcas dedicadas a la pesca del tiburón. Esas barcas polares habían sido echadas de las aguas danesas a las inglesas, por los azares del mar. Las brisas boreales les juegan esas partidas a los pescadores. Estos acaban de refugiarse en el surgidero de Portland, indicio de mal tiempo y de peligro en alta mar. Estaban ocupados en echar el ancla. La barca maestra, colocada de centinela según antigua costumbre de las flotillas noruegas, dibujaba en negro todo su aparejo sobre la lisa blancura del mar, y se veía en la parte de delante la horquilla para pescar, llevando todas las variedades de garfios y arpones destinados al seymnus glacialis, al squalus acanttias y al squalus spinax niger, y la red para coger la gran sclache. Fuera de estas cuantas embarcaciones, arrimadas todas en el mismo rincón, la vista nada viviente encontraba en todo aquel vasto horizonte de Portland. Ni una casa, ni un buque. En aquella época, la costa no estaba habitada, y en aquella estación, la rada no estaba habitable.