El hombre que rie
El hombre que rie Fuese cual fuese el aspecto del tiempo, los seres a quienes la urca vizcaína iba a llevarse, no dejaban de apresurar su partida. Formaban a la orilla del mar una especie de grupo atareado y confuso y de andar rápido. Era difícil distinguirles uno de otro. Imposible ver si eran viejos o jóvenes. La indistinta claridad les mezclaba y les confundía. La sombra, esa especie de máscara, ocultaba su rostro. Eran siluetas en la noche. Eran ocho, probablemente entre ellos había una o dos mujeres, difíciles de conocer bajo los desgarrones y los girones de que estaba cubierto todo el grupo, arreos que ni siquiera eran ya vestidos de mujer, ni vestidos de hombre. Los harapos no tienen sexo.
Una sombra más pequeña, que iba y venía entre las grandes, denunciaba a un enano o a un niño.
Era un niño.