El hombre que rie
El hombre que rie Uno de los hombres del grupo que se embarcaba, tenía aire de jefe. Estaba calzado con alpargatas, adornado con andrajos guarnecidos de pasamanería y dorados, y un chaleco de talco que lucia bajo su capisayo como un vientre de pescado. Otro bajaba sobre su rostro un vasto fieltro cortado en forma de sombrero. Este fieltro no tenía agujero para la pipa, lo cual denotaba a un hombre letrado.
El niño por encima de sus pingajos, y partiendo del principio de que una chaqueta de hombre es una capa de niño, estaba adornado con un casacón de gaviero, que le bajaba hasta las rodillas. Su talla dejaba adivinar un muchacho de diez a once años. Iba descalzo. La tripulación de la urca se componía de un patrón y dos marineros. Al parecer la urca venía de España y volvía allá. Sin duda alguna, hacía un servicio furtivo de una costa a otra.
Las personas que estaban a punto de embarcar, cuchicheaban entre si. El cuchicheo que estos seres cambiaban, era una mezcolanza. Ora una palabra castellana, ora una alemana, ora una francesa; unas veces era el galo, otras el vasco. Venía a ser un patués, como no fuese un argot. Parecían ser de distintas naciones y de una misma partida. La tripulación era probablemente de los suyos. En aquel embarque había connivencia. Aquella comitiva abigarrada parecía ser una compañía de camaradas, o tal vez un grupo de cómplices.