El hombre que rie
El hombre que rie Si hubiese habido un poquito más de claridad, y se hubiese mirado con alguna curiosidad, habríase visto sobre aquella gente, rosarios y escapularios medio ocultos bajo sus harapos. Uno de los del grupo, que parecía una mujer, llevaba un rosario casi igual, por las dimensiones de sus cuentas, a un rosario de derviche y fácil de reconocer como un rosario irlandés de Llangmthefry, llamado también Llanandiffry. Habríase podido notar igualmente, a haber menos obscuridad, una Virgen con el niño, esculpida en la proa de la urca. Era probablemente la Virgen vasca, especie de penate de los antiguos cántabros. Debajo de esa figura, que hacía las veces de mascarón de proa, había un farol, en aquel momento no encendido, exceso de precaución, que indicaba un deseo extremo de ocultarse. Aquel farol tenía evidentemente dos fines; cuando se encendía, ardía para la Virgen e iluminaba el mar, y hacía las funciones de cirio.
El tajamar largo, encorvado y agudo bajo el bauprés, salía de la proa como un cuerno de luna creciente. En el nacimiento del tajamar, a los pies de la Virgen, estaba arrodillado un ángel adosado a la rada con las alas plegadas y mirando el horizonte con un anteojo. El ángel y la Virgen eran dorados.