El hombre que rie

El hombre que rie

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En el tajamar había salidas y claraboyas para dejar pasar las oleadas. Debajo de la Virgen, estaba escrito en mayúsculas doradas la palabra Matutina, nombre del buque, ilegible en aquel momento a causa de la obscuridad.

Al pie de las rocas, hallábase depositado, en desorden y en la confusión propia de la partida, el cargamento que los viajeros se llevaban y que, gracias a la tabla que servía de puente, pasaban rápidamente de la orilla al buque. Sacos de galleta, una canasta de stockfisch, una caja de partatixe soup, tres barriles, uno de agua dulce, otro de malt y otro de alquitrán, cuatro o cinco botellas de ale, un maletín viejo con correas, maletas, cofres, una bala de estopas para antorchas y señales, tal era el cargamento. Aquellos desarrapados tenían maletas, lo cual parecía indicar una existencia nómada; los vagabundos ambulantes están forzados a poseer algo, a veces les gustaría escapar como los pájaros; pero no pueden, como no abandonen su hatillo. Tienen necesariamente cajas de utensilios e instrumentos de trabajo, sea cual sea su profesión errante, y llevan consigo su equipaje que en más de una ocasión es un estorbo.




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