El hombre que rie

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No debió ser muy fácil llevar tales bártulos al pie de aquellos peñascos, y eso precisamente revelaba la intención de una partida definitiva. No se perdía el tiempo; era un tránsito continuado de la orilla al barco, y del barco a la orilla; todos tomaban parte en la faena: uno llevaba un saco, otro un cofre. Las mujeres, posibles o probables en aquella promiscuidad, trabajaban como los demás. Al niño se le cargaba de sobra. Que este niño tuviese en aquel grupo a su padre o a su madre, era cosa insegura. Le hacían trabajar y nada más. Parecía, no un hijo en una familia, sino un esclavo en una tribu. Servía a todo el mundo, y nadie le dirigía la palabra. Por lo demás, se daba prisa, y lo mismo que toda aquella partida, obscura de que formaba parte, parecía no tener más que un pensamiento, el de embarcarse pronto. ¿Sabía el motivo? probablemente no. Se apresuraba maquinalmente, porque veía que los otros se apresuraban.








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