Los Miserables - Parte 2
Los Miserables - Parte 2 Cuando pensaba en estas cosas se abismaba su espíritu en el misterio de la sublimidad. En estas meditaciones desaparecía el orgullo. Dio toda clase de vueltas sobre sí mismo y reconoció que era malo y lloró muchas veces. Todo lo que había sentido su alma en seis meses lo llevaba de nuevo a las santas máximas del obispo, Cosette por el amor, el convento por la humildad.
Algunas veces a la caída de la tarde, en el crepúsculo, a la hora en que el jardín estaba desierto, se le veía de rodillas en medio del paseo que costeaba la capilla, delante de la ventana por donde había mirado la primera noche, vuelto hacia el sitio en que sabía que la hermana que hacía el desagravio estaba prosternada en oración. Rezaba arrodillado ante esa monja. Parecía que no se atrevía a arrodillarse directamente delante de Dios.