Los Miserables - Parte 5

Los Miserables - Parte 5

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El hombre perseguido llegó a un montículo de escombros de una construcción y se perdió tras él. El uniformado aprovechó el momento en que ni veía ni era visto, y, dejando a un lado todo disimulo, se puso a caminar con rapidez. Pronto dio la vuelta al montículo, deteniéndose en seguida asombrado. El hombre a quien perseguía no estaba allí. Eclipse total del harapiento.

El fugitivo no hubiera podido arrojarse al Sena, ni escalar el muelle sin que lo viera su perseguidor. ¿Qué se había hecho? Caminó hasta el extremo de la ribera y permaneció allí un momento, pensativo, con los puños apretados, y registrándolo todo con los ojos.

De pronto percibió, en el punto donde concluía la tierra y empezaba el agua, una reja de hierro, gruesa y baja, provista de una enorme cerradura y de tres goznes macizos. Aquella reja, especie de puerta en la parte inferior del muelle, daba al río. Por debajo pasaba un arroyo negruzco que iba a desaguar en el Sena. Al otro lado de los pesados y mohosos barrotes se distinguía una especie de corredor abovedado y oscuro.




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