Los Miserables - Parte 5
Los Miserables - Parte 5 Jean Valjean permaneció un momento como absorto en sí mismo, repitiendo a media voz: calle de las Hijas del Calvario, número 6, señor Gillenormand. Volvió a colocar la cartera en el bolsillo de Marius. Había comido y recuperó las fuerzas. Puso otra vez al joven en sus hombros, apoyó cuidadosamente la cabeza en su hombro derecho, y continuó bajando por la cloaca.
De súbito se golpeó contra la pared. Había llegado a un ángulo de la alcantarilla caminando desesperado y con la cabeza baja. Alzó los ojos y en la extremidad del subterráneo delante de él, lejos, muy lejos, percibió la claridad. Esta vez no era la claridad terrible, sino la claridad buena y blanca. Era el día. Jean Valjean veía la salida.
Un alma condenada que en medio de las llamas divisara de repente la salida del infierno, experimentaría lo que él experimentó; recobró sus piernas de acero y echó a correr.
A medida que se aproximaba distinguía mejor la salida. Era un arco menos alto que la bóveda, la cual por grados iba decreciendo, y menos ancho que la galería que iba estrechándose mientras la bóveda bajaba.