Los Miserables - Parte 5
Los Miserables - Parte 5 Llegó a la salida. Allí se detuvo. Era la salida pero no se podía salir. El arco estaba cerrado con una fuerte reja, y la reja, que al parecer giraba muy pocas veces sobre sus oxidados goznes, estaba sujeta al dintel de piedra por una gruesa cerradura llena de herrumbre, que parecía un enorme ladrillo. Se veía el agujero de la llave y el macizo pestillo profundamente encajado en la chapa de hierro.
Jean Valjean colocó a Marius junto a la pared, en la parte seca; se dirigió a la reja y cogió con sus dos manos los barrotes. El sacudimiento fue frenético, pero la reja no se movió. Fue probando uno por uno los barrotes para ver si podía arrancar el menos sólido y convertirlo en palanca para levantar la puerta, o para romper la cerradura. Ningún barrote cedió. El obstáculo era invencible. No había manera de abrir la puerta.
No quedaba más remedio que pudrirse allí. Cuanto había hecho era inútil. Después de tanto esfuerzo, el fracaso. No tenía fuerzas para rehacer el camino, y pensó que todos los respiraderos debían estar igualmente cerrados. No había medio de salir de allí.
Volvió la espalda a la reja y se dejó caer en el suelo cerca de Marius, que continuaba inmóvil. Hundió la cabeza entre sus rodillas. Era la última gota de la amargura. ¿En qué pensaba en aquel profundo abatimiento? Ni en sí mismo, ni en Marius.