Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Es un consuelo, dicho sea de paso, pensar que la pena de muerte —que, con sus ruedas de hierro, sus patíbulos de piedra, todo su repertorio de suplicios permanente y clavado en el suelo, hace trescientos años todavía llenaba la Grève, el mercado de Les Halles, la plaza Dauphine, la cruz del Trahoir, el mercado de cerdos, el horroroso Montfaucon, la barrera de los Alguaciles, la plaza de los gatos, la puerta de Saint-Denis, Champeaux, la puerta Baudets y la puerta de Saint-Jacques, sin contar las numerosas escalas de los prebostes, del obispo, de los capítulos, de los abades y de los priores que administraban justicia, y sin contar tampoco los ahogamientos jurídicos en el Sena—, es un consuelo, lo repetimos, que hoy, tras haber perdido sucesivamente todas las piezas de su armadura, su lujo de suplicios, sus castigos imaginativos, su tortura, para la que cada cinco años añadía un potro de cuero nuevo en el Grand-Châtelet, esa antigua soberana de la sociedad feudal, prácticamente suprimida de nuestras leyes y de nuestras ciudades, perseguida de código en código, expulsada de plaza en plaza, solo cuente ya en nuestro inmenso París con un rincón deshonroso de la Grève, solo con una miserable guillotina, furtiva, inquieta, vergonzosa, que siempre, a juzgar por la rapidez con que desaparece después de haber asestado su golpe, parece temer ser pillada en flagrante delito.