Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Malditos parisienses! —se dijo a sà mismo, pues Gringoire, como verdadero poeta dramático que era, tenÃa debilidad por los monólogos—. ¡Ahora me tapan el fuego! Pues yo necesito un rincón de chimenea. Mis zapatos parecen esponjas, ¡y con lo que esos malditos molinos han llorado encima de mÃ! ¡Demonio de obispo de ParÃs con sus molinos! ¡Me gustarÃa saber para qué quiere un obispo un molino! ¿Acaso quiere el obispo hacerse molinero? ¡Si no necesita más que mi bendición para ello, se la doy, a él, a su catedral y a sus molinos! ¡A ver si me dejan un poco de sitio estos mirones! ¿Qué estarán haciendo ahÃ? Calentarse, ¡menudo placer! Mirar cómo arde un puñado de chamarasca, ¡menudo espectáculo!
Observando más de cerca, se dio cuenta de que el cÃrculo era mucho más grande de lo que hacÃa falta para calentarse en la hoguera del rey y de que aquella cantidad de espectadores no habÃa sido atraÃda únicamente por la belleza del puñado de chamarasca que ardÃa.
En un vasto espacio dejado libre entre la multitud y el fuego, una joven bailaba.
Si aquella joven era un ser humano, un hada o un ángel, Gringoire, por muy filósofo escéptico, por muy poeta irónico que fuera, no pudo discernirlo en un primer momento, tan fascinado quedó por aquella deslumbradora visión.