Nuestra Señora de París

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No era alta, pero lo parecía por la audacia con que se estiraba su fino talle. Era morena, pero se intuía que de día su piel debía de tener ese bello reflejo dorado de las andaluzas y las romanas. Sus pequeños pies también eran andaluces, pues estaban a la vez comprimidos y a gusto en sus graciosos zapatos. Bailaba, daba vueltas, giraba como un torbellino sobre una vieja alfombra persa extendida descuidadamente bajo sus pies; y cada vez que, sin parar de dar vueltas, su radiante rostro pasaba por delante de alguien, sus grandes ojos negros le lanzaban un destello.

A su alrededor, todas las miradas estaban fijas, todas las bocas abiertas; y en efecto, mientras así bailaba al ritmo de la pandereta que sus dos brazos redondos y puros levantaban por encima de su cabeza, delgada, delicada y viva como una avispa, con su impecable corpiño dorado, su vestido multicolor de volantes, con sus hombros desnudos, sus piernas finas que en algunos momentos la falda dejaba al descubierto, sus cabellos negros, sus ojos ardientes, era una criatura sobrenatural.

«¡En verdad es una salamandra! —pensó Gringoire—. ¡Es una ninfa, una diosa, una bacante del monte Ménalo!»

En ese momento se soltó una de las trenzas de la «salamandra» y una moneda de latón sujeta a ella rodó por el suelo.

—¡Ah, no! —dijo Gringoire—. Es una gitana.


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