Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Djali se irguió apoyándose en las patas traseras y se puso a balar, a la vez que echaba a andar con tan graciosa seriedad que todo el corro de espectadores rompió a reÃr ante esta parodia de la devoción interesada del capitán de los pistoleros.
—Djali —prosiguió la joven, envalentonada por su creciente éxito—, ¿cómo predica maese Jacques Charmolue, procurador del rey en la jurisdicción eclesiástica?
La cabra se sentó sobre sus posaderas y se puso a balar moviendo las patas delanteras de un modo tan extraño que, salvo el mal francés y el mal latÃn de Jacques Charmolue, todo lo demás —gestos, acento y actitud— estaba ahÃ.
La gente aplaudÃa cada vez más.
—¡Sacrilegio! ¡Profanación! —exclamó la voz del hombre calvo.
La gitana se volvió otra vez.
—¡Ah, es ese hombre ruin! —dijo.
Acto seguido, adelantando el labio inferior por encima del superior, hizo un mohÃn que parecÃa serle familiar, giró sobre sus talones y se puso a recoger en la pandereta los donativos de la gente.