Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs LlovÃan monedas de toda clase: blancas, tarjas, algún que otro liarte…[26] De pronto pasó por delante de Gringoire. Este se metió tan atolondradamente la mano en el bolsillo que ella se detuvo.
—¡Demonios! —dijo el poeta al encontrar en el fondo de su bolsillo la realidad, es decir, el vacÃo.
Pero allà estaba la bella joven, mirándolo con sus grandes ojos, tendiéndole la pandereta y esperando. Gringoire sudaba a mares.
Si hubiera tenido el Perú en el bolsillo, sin duda se lo habrÃa dado a la bailarina; pero Gringoire no tenÃa el Perú, y además, América aún no habÃa sido descubierta.
Por fortuna, un incidente inesperado acudió en su auxilio.
—¿Te irás de una vez, langosta egipcia? —gritó una voz agria que salÃa del rincón más oscuro de la plaza.
La joven se volvió, asustada. No se trataba esta vez de la voz del hombre calvo; era una voz de mujer, una voz falsa y malvada.
Aquel grito que tanto asustó a la gitana fue, en cambio, causa de alborozo para un grupo de niños que rondaba por allÃ.
—¡Es la reclusa de la Tour-Roland! —dijeron entre risas incontenibles—. ¡Es la Sachette[27]refunfuñando! ¿Será que no ha cenado? ¡Llevémosle alguna sobra del bufé público!