Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Todos se precipitaron hacia la Casa de los Pilares.
Gringoire, sin embargo, había aprovechado la confusión de la bailarina para desaparecer. Los gritos de los niños le recordaron que él tampoco había cenado. Corrió, pues, hacia el bufé. Pero los bribonzuelos tenían mejores piernas que él y, cuando llegó, habían dejado la mesa limpia. No quedaba ni una miserable galleta de cinco sueldos la libra. Solo seguían en la pared las esbeltas flores de lis, mezcladas con rosales, que en 1434 pintó Mathieu Biterne. Era una cena frugal.
Es una cosa molesta acostarse sin cenar; es una cosa menos divertida aún no cenar y no saber dónde acostarse. Gringoire se encontraba en esta última situación. Ni pan, ni yacija. Se veía acosado por doquier por la necesidad, y la encontraba muy desabrida. Había descubierto hacía tiempo esta verdad: que Júpiter creó a los hombres en un acceso de misantropía y que, durante toda la vida del sabio, su destino tiene en estado de sitio a su filosofía. En cuanto a él, nunca había visto el asedio tan completo; oía a su estómago anunciar que se rendía y le parecía totalmente fuera de lugar que el aciago destino ocupara su filosofía sirviéndose del hambre.
Se hallaba cada vez más absorto en estas melancólicas reflexiones cuando un canto, extraño aunque lleno de dulzura, vino a sacarlo bruscamente de ellas. Era la joven egipcia,[28] que se había puesto a cantar.