Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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Podía decirse de su voz lo mismo que de su danza y de su belleza. Era indefinible y encantadora; algo puro, sonoro, etéreo, alado, por así decirlo. Eran continuas expansiones, melodías, cadencias inesperadas, frases sencillas sembradas de notas aceradas y silbantes, saltos de gamas que habrían desconcertado a un ruiseñor, pero en las que siempre se recuperaba la armonía, suaves ondulaciones de octavas que subían y bajaban como el pecho de la joven cantante. Su bello rostro seguía con una movilidad singular todos los caprichos de la canción, desde la inspiración más desenfrenada hasta la más casta dignidad. En algunos momentos parecía una loca y en otros una reina.

Las palabras que cantaba eran de una lengua desconocida para Gringoire y que parecía serle desconocida también a ella, a juzgar por la escasa relación entre la expresión que daba al canto y el sentido de las palabras. Así, estos cuatro versos eran, en su boca, de una loca alegría:

Un cofre de gran riqueza

hallaron dentro de un pilar,

dentro de él nuevas banderas

con figuras de espantar.

Y un instante después, Gringoire sentía que se le saltaban las lágrimas de los ojos por su forma de entonar esta estancia:


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