Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Alárabes de caballo
sin poderse menear,
con espadas, y los cuellos,
ballestas de buen echar.[29]
Sin embargo, su canto transmitía sobre todo alegría, y ella parecía cantar, como los pájaros, con serenidad y despreocupación.
La canción de la gitana había turbado los pensamientos de Gringoire, pero como un cisne turba el agua en calma. La escuchaba con una especie de arrebato y de olvido de todo. Era, desde hacía varias horas, el primer momento que pasaba sin sufrir.
Ese momento fue corto.
La misma voz de mujer que había interrumpido el baile de la gitana interrumpió su canto.
—¿Te callarás de una vez, cigarra del demonio? —gritó desde el mismo rincón oscuro de la plaza.
La pobre «cigarra» se calló de golpe. Gringoire se tapó los oídos.
—¡Ah! —exclamó—. ¡Maldita sierra mellada que viene a romper la lira!