Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Al frente desfilaba Egipto. El duque de Egipto en cabeza, a caballo, con sus condes a pie, sujetándole la brida y los estribos; detrás de ellos, los egipcios y las egipcias mezclados, con sus hijos sobre los hombros gritando; todos, duque, condes y plebe, con harapos y oropeles. SeguÃa el reino de Argot, es decir, todos los ladrones de Francia, ordenados según su dignidad, de menor a mayor. Desfilaban de cuatro en cuatro, con las diversas insignias de sus grados en esa extraña facultad, la mayorÃa lisiados, unos cojos y otros mancos: los temporeros, los concheros, los hubertinos, los convulsos, los pelones, los desahuciados, los parranderos, los birriosos, los tahúres, los alfeñiques, los achicharrados, los mercadantes, los truchimanes, los huérfanos, los archisecuaces, los mangantes…,[30] la enumeración, en fin, cansarÃa al propio Homero. En el centro del cónclave de los mangantes y de los archisecuaces costaba distinguir al rey de Argot, el gran coesre, sentado sobre los talones en un carretón tirado por dos grandes perros. Detrás del reino de Argot venÃa el imperio de Galilea. Guillaume Rousseau, emperador del imperio de Galilea, desfilaba majestuosamente con su túnica púrpura manchada de vino, precedido de saltimbanquis peleándose unos con otros y bailando danzas pÃrricas, rodeado de sus maceros, de sus secuaces y de los escribientes del Tribunal de Cuentas. Cerraba la marcha la curia, con sus mayos coronados de flores, sus ropajes negros, su música digna de un aquelarre y sus velones de cera amarilla. En el centro de esta multitud, los oficiales mayores de la cofradÃa de los locos llevaban sobre los hombros unas andas más sobrecargadas de cirios que el relicario de Santa Genoveva en época de peste. Y sobre esas andas resplandecÃa, luciendo báculo, capa y mitra, el nuevo papa de los locos, el campanero de Notre-Dame, Quasimodo el Jorobado.