Nuestra Señora de París

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Resulta difícil dar una idea del grado de regocijo orgulloso y beatífico que el triste y repulsivo rostro de Quasimodo había alcanzado en el trayecto del palacio a la Grève. Era la primera vez que sentía satisfecho su amor propio. No había conocido hasta entonces sino la humillación, el desprecio por su condición, la repugnancia hacia su persona. Así pues, pese a ser sordo, saboreaba como un auténtico papa las aclamaciones de esa multitud a la que odiaba porque se sentía odiado por ella. ¡Qué importaba que su pueblo fuera una caterva de locos, de tullidos, de ladrones, de mendigos! Aun así, era un pueblo, y él un soberano. Y se tomaba en serio todos aquellos aplausos irónicos y reverencias ridículas en los que, debemos decirlo, se mezclaba en la gente un poco de miedo muy real. Porque el jorobado era fornido, porque el patizambo era ágil, porque el sordo era malo, tres cualidades que atemperan lo ridículo.

Por lo demás, que el nuevo papa de los locos fuera consciente de sus propios sentimientos y de los que inspiraba a los demás, distamos mucho de creerlo. El espíritu que se hallaba alojado en aquel cuerpo fallido forzosamente debía ser también algo incompleto y sordo. Por ello, lo que sentía en ese momento era para él absolutamente vago, impreciso y confuso. Solo la alegría se abría paso, y el orgullo dominaba. Aquel sombrío y desdichado semblante irradiaba luz.


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