Nuestra Señora de París

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No sin sorpresa y sin miedo vieron, pues, en el momento en que Quasimodo, en esa semiebriedad, pasaba triunfalmente ante la Casa de los Pilares, a un hombre surgir de pronto de entre la multitud y arrebatarle de las manos, con un gesto de cólera, el báculo de madera dorada, insignia de su demencial papado.

Ese hombre, ese temerario, era el personaje calvo que, poco antes, mezclado entre el público de la gitana, había dejado a la pobre muchacha helada con sus palabras de amenaza y odio. Vestía ropas eclesiásticas. En el momento en que salió de entre la multitud, Gringoire, que no le había prestado atención hasta entonces, lo reconoció.

—¡Anda! —exclamó, extrañado—. ¡Es mi maestro en Hermes, don Claude Frollo, el arcediano! ¿Qué diablos pretende? ¡Ese horrible tuerto va a devorarlo!

Un grito de terror se elevó, en efecto. El formidable Quasimodo había bajado precipitadamente de las andas, y las mujeres apartaban los ojos para no verlo destrozar al arcediano.

El jorobado dio un salto hasta el sacerdote, lo miró y cayó de rodillas.

El sacerdote le arrancó la tiara, le rompió el báculo, le rasgó la brillante capa.

Quasimodo permaneció arrodillado, bajó la cabeza y juntó las manos.


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