Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París A continuación entablaron un extraño diálogo de signos y gestos, pues ni el uno ni el otro hablaban. El sacerdote, de pie, irritado, amenazante, imperioso; Quasimodo, prosternado, humilde, suplicante. Y sin embargo es indudable que Quasimodo habría podido aplastar al sacerdote con el pulgar.
Finalmente el arcediano, zarandeando con rudeza a Quasimodo por los hombros, le indicó que se levantara y lo acompañara.
Quasimodo se levantó.
Entonces la cofradía de los locos, pasados los primeros momentos de estupor, quiso defender a su papa tan bruscamente destronado. Los egipcios, los argoteros y toda la curia se pusieron a chillar alrededor del sacerdote.
Quasimodo se colocó delante de este, mostró los músculos de sus puños atléticos y miró a los asaltantes con el rechinar de dientes de un tigre enfurecido.
El sacerdote recuperó su expresión de sombría gravedad, le hizo una seña a Quasimodo y se retiró en silencio.
Quasimodo caminaba delante de él, apartando a la gente a su paso.