Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Cuando hubieron atravesado la plaza entre la multitud, la nube de curiosos y ociosos intentó seguirlos. Quasimodo cubrió entonces la retaguardia y siguió al arcediano andando de espaldas, fornido, huraño, rudo, monstruoso, cubriéndose con los brazos, lamiendo sus colmillos de jabalí, gruñendo como un animal salvaje y provocando inmensas oscilaciones en la multitud con un gesto o una mirada.
Los dejaron adentrarse a los dos en una calle estrecha y tenebrosa, por la que nadie se atrevió a aventurarse tras ellos, hasta tal punto cerraba el paso la simple visión de Quasimodo haciendo rechinar los dientes cual quimera.
—He aquí un suceso maravilloso —dijo Gringoire—, pero ¿dónde demonios encontraré yo algo para cenar?