Nuestra Señora de París

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4 Los inconvenientes de seguir a una mujer guapa de noche por las calles

Gringoire, por si acaso, se había puesto a seguir a la gitana. La había visto tomar, con su cabra, la calle Coutellerie y la había tomado él también.

—¿Por qué no? —se había dicho.

Gringoire, filósofo práctico de las calles de París, había observado que nada es tan propicio a la meditación como seguir a una mujer guapa sin saber adónde va. Hay en esta abdicación voluntaria del libre albedrío, en esta fantasía que se somete a otra fantasía, la cual ni siquiera lo sospecha, una mezcla de independencia caprichosa y de obediencia ciega, algo a medio camino entre la esclavitud y la libertad que agradaba a Gringoire, espíritu esencialmente mixto, indeciso y complejo, situado en la punta de todos los extremos, incesantemente suspendido entre todas las propensiones humanas y neutralizándolas una con otra. Él mismo se comparaba gustoso con la tumba de Mahoma, atraída en sentidos opuestos por dos imanes, vacilando eternamente entre lo de arriba y lo de abajo, entre la bóveda y el suelo, entre la caída y la ascensión, entre el cenit y el nadir.


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