Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Si Gringoire viviera en nuestros días, ¡en qué hermoso término medio se mantendría entre lo clásico y lo romántico!
Pero no era suficientemente primitivo para vivir trescientos años, y es una lástima. Su ausencia constituye un vacío que hoy se deja sentir hondamente.
Por otra parte, para seguir por las calles a los transeúntes (y sobre todo a las transeúntes), cosa que Gringoire hacía de buen grado, no hay mejor disposición que no saber dónde va uno a dormir.
Caminaba, pues, pensativo tras la muchacha, que apretaba el paso y hacía trotar a su graciosa cabra al ver que los burgueses volvían a sus casas y que las tabernas, únicos establecimientos que habían abierto aquel día, estaban cerrando.
«Después de todo —pensaba—, en algún sitio tiene que vivir, y las gitanas tienen buen corazón. ¡Quién sabe si…!»
Y había en los puntos suspensivos con los que en su mente llenaba esta omisión no sé qué ideas bastante atrayentes.
De cuando en cuando, sin embargo, al pasar junto a los últimos grupos de burgueses que cerraban sus puertas, cazaba al vuelo retazos de conversación que rompían el encadenamiento de sus optimistas hipótesis.
Unas veces se trataba de dos viejos que se acercaban.
—Maese Thibaut Fernicle, ¿sabéis que hace frío?