Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs (Gringoire lo sabÃa bien desde el comienzo del invierno.)
—¡SÃ, bien que lo sé, maese Boniface Disome! ¿Tendremos un invierno como el de hace tres años, en el ochenta, cuando el haz de leña costaba ocho sueldos?
—¡Bah! ¡Eso no fue nada comparado con el invierno de 1407, maese Thibaut, en el que hubo heladas desde San MartÃn hasta la Candelaria! Y tan intensas que la pluma del escribano del Parlamento se helaba en la cámara cada tres palabras que escribÃa, lo que provocó la interrupción del registro de la justicia.
Unos pasos más allá eran unas vecinas asomadas a la ventana, con candelas que la niebla hacÃa chisporrotear.
—¿Os ha contado vuestro marido la desgracia, señora Boudraque?
—No. ¿Qué ha pasado, señora Turquant?
—El caballo del señor Gilles Godin, el notario del Châtelet, se ha asustado al ver a los flamencos y su procesión, y ha arrollado a maese Philippot Avrillot, oblato de los celestinos.
—¿De verdad?
—Como lo oye.
—¡Un caballo burgués! ¡Es el colmo! ¡Si hubiera sido un caballo de la caballerÃa, entonces no habrÃa nada que objetar!