Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Y las ventanas se cerraban. Pero aquello ya había hecho perder a Gringoire el hilo de sus pensamientos.
Afortunadamente volvía a encontrarlo enseguida y lo reanudaba sin dificultad, gracias a la gitana y gracias a Djali, que seguían caminando delante de él; dos finas, delicadas y encantadoras criaturas, cuyos piececillos, bonitas formas y graciosas maneras admiraba y casi confundía en su contemplación. Por su inteligencia y su amistad las tomaba a las dos por muchachas; por su ligereza, su agilidad y la destreza en sus andares, le parecían cabritillas las dos.
No obstante, las calles estaban cada vez más oscuras y vacías. El toque de queda había sonado hacía rato y empezaba a no verse más que muy de vez en cuando a un transeúnte en la calle o una luz en las ventanas. Gringoire se había internado, siguiendo a la egipcia, en ese dédalo inextricable de callejas, encrucijadas y callejones sin salida que rodea el antiguo sepulcro de los Santos Inocentes y que se asemeja a una madeja de hilo enmarañada por un gato.
—¡Estas calles tienen muy poca lógica! —decía Gringoire, perdido en esos mil circuitos que siempre llevaban al punto de partida, pero donde la joven seguía sin dudar y a un paso cada vez más rápido un camino que parecía conocer muy bien.