Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París En cuanto a él, no habría sabido ni por asomo dónde se encontraba, si no hubiera visto al girar una esquina la masa octogonal de la picota del mercado de Les Halles, cuya cima calada recortaba vivamente su oscura silueta sobre una ventana todavía iluminada de la calle Verdelet.
Hacía un rato que la joven había advertido su presencia. Había vuelto varias veces la cabeza hacia él con inquietud, incluso se había parado una vez en seco y había aprovechado un rayo de luz que escapaba por la puerta entreabierta de una panadería para mirarlo fijamente de arriba abajo. Después de esta mirada, Gringoire la había visto hacer aquel mohín que ya le había llamado la atención, tras lo cual la joven había dado media vuelta para proseguir su camino.
Ese mohín dio que pensar a Gringoire. Había ciertamente desdén y burla en aquel gracioso gesto. Empezaba por ello a agachar la cabeza, a contar los adoquines y a seguir a la joven a una distancia un poco mayor, cuando, tras doblar esta una esquina que acababa de hacérsela perder de vista, la oyó proferir un grito penetrante.
Apretó el paso.