Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs La calle estaba totalmente en tinieblas. Sin embargo, un puñado de estopa empapada en aceite que ardÃa en una caja de hierro a los pies de la Virgen de la esquina, permitió a Gringoire distinguir a la gitana debatiéndose entre los brazos de dos hombres que se esforzaban en ahogar sus gritos. La pobre cabrita, asustadÃsima, bajaba los cuernos y balaba.
—¡Socorro! ¡AquÃ, la guardia! —gritó Gringoire, y se acercó con valentÃa.
Uno de los hombres que sujetaban a la joven se volvió hacia él. Era la impresionante cara de Quasimodo.
Gringoire no emprendió la huida, pero tampoco dio un paso más.
Quasimodo fue hasta él, lo estampó de un revés contra el suelo a cuatro pasos de distancia y se adentró rápidamente en la oscuridad llevándose a la joven doblada por la cintura sobre un brazo, como si de una bufanda de seda se tratara. Su compañero lo seguÃa, y la pobre cabra corrÃa tras ellos emitiendo su quejumbroso balido.
—¡Socorro! ¡Auxilio! —gritaba la desdichada gitana.
—¡Alto ahÃ, miserables, y soltad a esa ribalda! —dijo de pronto con voz atronadora un jinete que surgió de sopetón de la bocacalle más cercana.
Era un capitán de los arqueros de la ordenanza del rey, armado de pies a cabeza y espadón en mano.