Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs El jinete arrancó a la gitana de los brazos de Quasimodo, que se quedó atónito, la colocó atravesada sobre su silla y, en el momento en que el temible jorobado, repuesto de su estupor, se abalanzaba sobre él para recuperar a su presa, quince o dieciséis arqueros que seguÃan de cerca al capitán aparecieron empuñando sus mandobles. Se trataba de un escuadrón de la ordenanza real que hacÃa la contrarronda por orden de micer Robert d’Estouteville, titular del prebostazgo de ParÃs.
Rodearon, prendieron y ataron a Quasimodo. Este rugÃa, echaba espumarajos por la boca, mordÃa y, si hubiera sido de dÃa, no cabe ninguna duda de que simplemente su cara, más repulsiva aún a causa de la cólera que lo dominaba, habrÃa hecho huir a todo el escuadrón. Pero de noche se hallaba desarmado de su arma más temible, su fealdad.
Su compañero habÃa desaparecido durante la refriega.
La gitana se irguió graciosamente en la silla del oficial, apoyó las dos manos en los hombros del joven y lo miró fijamente unos segundos, como embelesada por su atractivo rostro y por la ayuda que acababa de prestarle. Después se decidió a romper el silencio para preguntarle, dulcificando todavÃa más su dulce voz:
—¿Cómo os llamáis, señor gendarme?
—Soy el capitán Phoebus de Châteaupers, para serviros, preciosa —respondió el oficial, irguiéndose.