Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Gringoire, aturdido por la caída, se había quedado en el suelo frente a la Virgen de la esquina. Poco a poco, fue recuperándose; primero estuvo unos minutos flotando en una especie de ensoñación semiinconsciente,en cierto modo placentera, en la que las etéreas caras de la gitana y de la cabra se asociaban a la pesadez del puño de Quasimodo. Este estado duró poco. Una impresión de frío bastante viva en la parte de su cuerpo que se encontraba en contacto con el suelo lo despertó súbitamente e hizo que su conciencia emergiera a la superficie.
—¿De dónde viene este frescor? —se preguntó de repente.
Entonces se percató de que se hallaba prácticamente en medio del arroyo.
—¡Demonio de cíclope jorobado! —masculló entre dientes, intentando levantarse.
Pero estaba demasiado aturdido y demasiado magullado; no tuvo más remedio que quedarse donde estaba. Con todo, tenía las manos libres; así que se tapó la nariz y se resignó.