Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París «El fango de París es particularmente apestoso —pensó, pues estaba convencido de que decididamente el arroyo iba a ser su lecho, “y ¿qué hacer en un lecho sino cavilar?”—. Debe de contener mucha sal volátil y nitrosa. Eso es, al menos, lo que creen Nicolas Flamel y los herméticos…»
La palabra «herméticos» llevó en el acto a su mente la idea del arcediano Claude Frollo. Recordó la escena violenta que acababa de entrever, que la gitana forcejeaba entre dos hombres, que Quasimodo tenía un compañero, y el semblante lúgubre y altivo del arcediano pasó confusamente por su recuerdo.
«¡Qué raro!», pensó. Y se puso a construir, con ese dato y sobre esa base, el caprichoso edificio de las hipótesis, ese castillo de naipes de los filósofos. De pronto, volviendo una vez más a la realidad, exclamó:
—¡Caray! ¡Estoy helándome de frío!
Aquel sitio, en efecto, resultaba cada vez más insoportable. Cada molécula del agua del arroyo se llevaba una molécula del calórico que irradiaban los riñones de Gringoire, y el equilibrio entre la temperatura de su cuerpo y la temperatura del arroyo empezaba a establecerse de una forma penosa.
Un contratiempo de una naturaleza completamente distinta se presentó de repente.