Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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Un grupo de niños, de esos pequeños salvajes descalzos que en todas las épocas han correteado por las calles de París con el eterno nombre de «pilluelos» y que, cuando nosotros éramos niños también, nos tiraban piedras al salir del colegio porque no llevábamos los pantalones rotos, un enjambre de esos jóvenes bribones se dirigía hacia el cruce de calles donde yacía Gringoire, profiriendo carcajadas y gritos que revelaban lo poco que les preocupaba el sueño de los vecinos. Arrastraban tras de sí una especie de saco informe, y solo el ruido de sus zuecos habría despertado a un muerto. Gringoire, que aún no lo estaba del todo, se incorporó a medias.

—¡Eh, Hennequin Dandèche! ¡Eh, Jehan Pincebourde! —gritaban a voz en cuello—. El viejo Eustache Moubon, el herrero de la esquina, acaba de morir. Tenemos su jergón y vamos a hacer una hoguera con él. ¡Hoy es el día de los flamencos!

Y, sin pensárselo dos veces, arrojaron el jergón justo encima de Gringoire, hasta el cual habían llegado sin verlo. Al mismo tiempo, uno de ellos cogió un puñado de paja y se acercó a la lamparilla de la Virgen para encenderlo.

—¡Cristo crucificado! —masculló Gringoire—. ¿Es que ahora voy a tener demasiado calor?


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