Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs La palabra «perdón» expiró en los labios de Gringoire. Este miró a su alrededor, pero no habÃa ninguna esperanza: todos reÃan.
—Bellevigne de l’Étoile —dijo el rey de Thunes a un enorme truhán, que dio unos pasos adelante—, sube al travesaño.
Bellevigne de l’Étoile trepó ágilmente a la viga transversal y, al cabo de un instante, Gringoire, alzando los ojos, lo vio con terror en cuclillas sobre el travesaño, encima de su cabeza.
—Ahora —prosiguió Clopin Trouillefou—, cuando dé una palmada, tú, Andry el Rojo, tirarás el escabel al suelo de un rodillazo, tú, François Chante-Prune, te colgarás de los pies del perillán, y tú, Bellevigne, te tirarás sobre sus hombros, pero los tres a la vez, ¿entendido?
Gringoire se estremeció.
—¿Estáis listos? —preguntó Clopin Trouillefou a los tres argoteros, preparados para abalanzarse sobre Gringoire como tres arañas sobre una mosca.
El pobre condenado pasó un momento de espera horrible mientras Clopin empujaba tranquilamente hacia el fuego con la punta del pie unos trozos de sarmiento que las llamas no habÃan alcanzado.
—¿Estáis listos? —repitió Clopin, separando las manos para dar una palmada.
Un segundo más y todo habrÃa acabado.