Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Pero se detuvo, como asaltado por una súbita idea.
—¡Un momento! —dijo—. Se me olvidaba… Es costumbre que no colguemos a un hombre sin preguntar si hay una mujer que lo quiera. Camarada, es tu última oportunidad. O te casas con una truhana, o la soga.
Esta ley gitana, por extraña que pueda parecer al lector, todavÃa hoy figura escrita con todo detalle en la vieja legislación inglesa, como puede verse en Burington’s Observations.
Gringoire respiró. Era la segunda vez que volvÃa a la vida en la última media hora. Asà pues, no se atrevÃa a confiar demasiado.
—¡Atención! —gritó Clopin, de nuevo subido en el tonel—. ¡Atención! Mujeres, hembras, ¿hay entre vosotras, desde la bruja hasta su gata, una ribalda que quiera quedarse a este ribaldo? ¡Eh, vosotras! ¡Colette la Charonne, Elisabeth Trouvain, Simone Jodouyne, Marie Piédebou, Thonne-la-Longue, Bérarde Fanouel, Michelle Genaille, Claude Rongeoreille, Mathurine Girorou…! ¡Y tú también, Isabeau-la-Thierrye! ¡Venid y mirad! ¡Un hombre de balde! ¿Quién lo quiere?
En el miserable estado en que se hallaba, sin duda Gringoire resultaba poco apetecible. Las truhanas se sintieron medianamente atraÃdas por la propuesta. El desventurado las oyó contestar:
—¡No, no! Colgadlo y habrá placer para todas.