Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs No obstante, tres de ellas se acercaron a olfatearlo. La primera era una muchacha gorda de cara cuadrada. Examinó atentamente el deplorable jubón del filósofo. La ropilla estaba raÃda y más agujereada que un asador de castañas. La muchacha hizo una mueca.
—¡Vaya trapo viejo! —masculló. Luego, dirigiéndose a Gringoire, dijo—: Veamos tu capa.
—La he perdido —dijo Gringoire.
—¿Y el sombrero?
—Me lo han quitado.
—¿Y los zapatos?
—Empiezan a quedarse sin suela.
—¿Y la bolsa?
—Ay, no tengo ni un denario parisiense —farfulló Gringoire.
—¡Pues deja que te cuelguen y da las gracias! —repuso la truhana volviéndose de espaldas.
La segunda, vieja, renegrida, arrugada, repulsiva, de una fealdad que llamaba la atención incluso en la Corte de los Milagros, dio una vuelta alrededor de Gringoire. Este casi temÃa que quisiera quedarse con él, pero ella dijo entre dientes, antes de alejarse:
—Está demasiado flaco.
La tercera era una joven bastante lozana y no demasiado fea.