Nuestra Señora de París

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—¡Sálvame! —le dijo en voz baja el pobre diablo.

Ella lo miró un momento con compasión, bajó los ojos, hizo un doblez en su falda con la mano y se quedó indecisa. Él seguía con la mirada todos sus movimientos; era el último destello de esperanza.

—No —dijo finalmente la joven—. No, Guillaume Longuejoue me zurraría.

La muchacha se reincorporó al grupo.

—Camarada —dijo Clopin—, no estás de suerte. —Acto seguido se puso de pie sobre el tonel y gritó imitando a un subastador, lo que provocó un gran jolgorio entre la concurrencia—: ¿Nadie lo quiere? ¡A la una, a las dos, a las tres! —Y se volvió hacia la horca para anunciar, haciendo un gesto con la cabeza—: ¡Adjudicado!

Bellevigne de l’Étoile, Andry el Rojo y François Chante-Prune se acercaron a Gringoire.

En ese momento se elevó un grito entre los argoteros:

—¡Esmeralda! ¡Esmeralda!

Gringoire se estremeció y se volvió hacia el lado de donde procedía el clamor. La multitud se abrió y dejó paso a una pura y resplandeciente figura.

Era la gitana.


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