Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Esmeralda! —dijo Gringoire, estupefacto, en medio de sus emociones, por la brusca manera en que esa palabra mágica aglutinaba todos sus recuerdos del dÃa.
Aquella rara criatura, con su encanto y su belleza, parecÃa ejercer su ascendiente incluso en la Corte de los Milagros. Argoteros y argoteras se apartaban ordenadamente a su paso, y sus brutales rostros se iluminaban al mirarla.
La joven se acercó al condenado a su paso ligero. Su graciosa Djali la seguÃa. Gringoire estaba más muerto que vivo. Ella lo observó un momento en silencio.
—¿Vais a ahorcar a este hombre? —preguntó en tono grave a Clopin.
—SÃ, hermana —respondió el rey de Thunes—. A menos que tú lo tomes por marido.
Ella hizo su delicioso mohÃn con el labio inferior.
—Lo tomo —dijo.
Gringoire creyó entonces firmemente que todo lo sucedido desde por la mañana habÃa sido un sueño y que aquello era la continuación.
La peripecia, aunque graciosa, era excesiva.
Deshicieron el nudo corredizo e hicieron bajar al poeta del escabel. La emoción de este era tan viva que se vio obligado a sentarse.
El duque de Egipto, sin pronunciar palabra, llevó un cántaro de barro. La gitana se lo tendió a Gringoire.