Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Al cabo de unos instantes, nuestro poeta se encontró en una pequeña habitación con bóveda ojival, convenientemente cerrada, calentita, sentado ante una mesa que parecía pedir a gritos un préstamo a una alacena colgada al lado, con la perspectiva de una buena cama y a solas con una bonita muchacha. La aventura parecía cosa de magia. Empezaba a creerse muy en serio un personaje de cuento de hadas; de cuando en cuando miraba a su alrededor como si buscara un carro de fuego tirado por dos quimeras aladas, pues solo eso había podido transportarlo tan rápidamente del Tártaro al paraíso. En algunos momentos también clavaba obstinadamente la mirada en los agujeros de su jubón, a fin de agarrarse a la realidad y no perder pie del todo. Su razón, zarandeada en los espacios imaginarios, pendía tan solo de ese hilo.
La muchacha no parecía prestarle ninguna atención; iba de acá para allá, apartaba un escabel, hablaba con su cabra, hacía su mohín de tiempo en tiempo. Finalmente se sentó junto a la mesa y Gringoire pudo contemplarla a gusto.