Nuestra Señora de París

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Usted fue niño, lector, y quizá es lo bastante dichoso para serlo todavía. Seguro que en más de una ocasión siguió (en lo que a mí respecta, pasé días enteros dedicado a ello, los mejor invertidos de mi vida), de matorral en matorral, por la orilla de un riachuelo, en un día de sol, a una bonita libélula verde o azul que volaba cambiando bruscamente de dirección y rozando la punta de todas las ramas. Recuerda con qué curiosidad amorosa se concentraban su pensamiento y su mirada en ese pequeño remolino silbante y zumbante de alas, de púrpura y de azul, en el centro del cual flotaba una forma imperceptible, velada por la rapidez misma de su movimiento. El ser aéreo que se dibujaba confusamente a través de aquel temblor de alas le parecía quimérico, imaginario, imposible de tocar, imposible de ver. Mas cuando por fin la libélula se posaba en la punta de una caña y usted podía examinar, conteniendo la respiración, sus largas alas de gasa, su largo ropaje de esmalte, sus dos globos de cristal, ¡cuál no era su asombro, y cuál su miedo de ver convertirse de nuevo la forma en sombra y el ser en quimera! Recuerde esas impresiones y le resultará fácil saber lo que sentía Gringoire contemplando en su forma visible y palpable a esa Esmeralda a la que hasta entonces solo había entrevisto a través de un torbellino de danza, de canto y de tumulto.



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